jueves, 18 de diciembre de 2008

Sobre el valor supuesto y la estupidez certificada


Al hilo de la reflexión del pasado martes sobre la cobardía y la crueldad, se han producido a lo largo de la última semana una suerte de declaraciones y acontecimientos que devuelven a la actualidad el casi olvidado tema de Bombay y la delegación española dirigida por Esperanza Aguirre. Y que vienen no sólo al caso, sino a huevo para reflexionar sobre el valor supuesto y la estupidez certificada.

Yo, que hice la mili con 18 años, no tuve ocasión de demostrar mi valor, afortunadamente, porque el teniente general del que un servidor era escolta no sufrió ningún atentado; ni tuve noticia de que estuviera amenazado por ETA (papeles Sokoa) hasta pocos meses antes de finalizar mi servicio. Yo no sé si Pepiño hizo la mili o no; no importa. Si la hubiera hecho, en su cuartilla de licenciado habrían escrito la tan manida frase “Valor: se le supone”, como a todos los que hicimos la mili y no tuvimos que demostrar nuestro valor. El otro día, leyendo el blog de Pepiño (fuente inagotable de narcisismos, demagogias, sectarismos e intelectualidades), descubrí que ese supuesto valor de la mili en el caso de Pepiño se había transformado en estupidez certificada. Ya no es sólo una cuestión de bajeza moral, de cobardía o de demagogia en estado puro, a las que ya nos tiene acostumbrados. Lo de Pepiño, esta vez, ha sobrepasado los límites de la inteligencia y, de paso, de la oportunidad. Dice así el insigne, modesto y valeroso Pepiño, en su ingeniosa entrada “Lo de Bombay es… de lo que no hay”.


Primero, vuelve a atacar a Espe: «Muchos han sido los que se lanzaron a hacer comentarios sin saber exactamente lo que había ocurrido allí. Y lo que es peor, sin querer conocer detalles para no estropear lo que ya tenían decidido: había que enmascarar una huida con la careta de gesto heroico y era la oportunidad para atacar a otros, sencillamente, por llamar a las cosas por su nombre».

Luego empieza a echarse flores perfumadas de misterio (indemostrable). Decide que “alguien” le ha enviado una carta de agradecimiento por sus gestiones, que son las que realmente salvaron las vidas de todos y todas frente a los terroristas. Pero, por si acaso, no revela su “fuente”:

«(…) La carta de agradecimiento que me envía un alto representante del colectivo que nutría la delegación que acompañaba a Esperanza Aguirre en su visita a Bombay. No quiero revelar más detalles de la misiva.
Tiene valor el testimonio porque fue uno de los que sufrió el terrible acoso de la muerte en el hotel Oberoy. Y esta persona sabe (…) quién escuchó sus demandas y quién realizó gestiones, al más alto nivel, para ofrecerles todo el apoyo que, inmediatamente, se materializó con la movilización de los representantes de la administración española a distintos niveles y de medios a su disposición.


Y finaliza, en su infinita modestia, mirándose a un ombligo del diámetro de su rostro:
«A pesar de los insultos que recibí en su momento no he querido contar cómo viví yo aquella noche. Sé lo que hice: lo que debía como responsable político y como ser humano que debe ayudar a sus compatriotas en un momento de apuro. Lo importante era salvar a toda -insisto, toda- la delegación que acompañaba a Esperanza Aguirre así como al resto de españoles y españolas que se encontraban en Bombay. Yo sé lo que hice. Y algunos de los españoles y españolas atrapados en el horror del Oberoy también. No tengo necesidad de justificar mis acciones públicamente. Hice lo que creía en conciencia. El quid de la cuestión es que otras y otros también saben lo que hicieron y, por eso, siguen intentando justificarse. Pero eso ya queda para la conciencia individual. El tiempo pondrá a cada uno en su sitio».

Pues sí, señor Blanco. Usted sabe lo que hizo. Y nosotros también. Un par de llamaditas o emails desde su calentito despacho de Ferraz o incluso desde su todavía más calentito hogar. Valor en estado puro. Heroísmo al más alto nivel… de estupidez. Porque sí, señor Blanco, el tiempo ha puesto a cada uno en su sitio. Y resulta que esta semana hemos conocido un dato escalofriante que le deja a usted, a su categoría humana y a su valor nuevamente por los suelos: todas las personas que estaban con la aguerrida Esperanza y Foxá en la cafetería del hotel finalmente fueron asesinadas. Los camareros, algunos clientes y hasta la cantante que en esos momentos estaba actuando, que optaron por quedarse en la cafetería, mientras los españoles, por decisión-intuición-oloquesea de Esperanza Aguirre salieron por la puerta hacia las cocinas. Todos los que se quedaron murieron.

Este hecho significa dos cosas: una, que la decisión de salir de la cafetería salvó literalmente la vida del grupo de Espe; y dos, que (parafraseando a Gandhi) «un cobarde es incapaz de mostrar compasión, hacerlo está reservado a los valientes». Pues eso, Pepiño, que cada uno sabe muy bien lo que hizo.


martes, 16 de diciembre de 2008

Sobre la cobardía y la crueldad

«La cobardía es la madre de la crueldad» decía, allá por el siglo XVI, el escritor y filósofo francés Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592). Javier Arzallus Antia (1932- y aún vivo… snif), político, seminarista y gudari intelectual nacido en Euskal Herria -pueblo soberano que ya existía en tiempos de Montaigne, e incluso siglos antes- afirmó no hace muchas fechas que «los etarras no son cobardes, simplemente están acosados». Las citas y la consecuente reflexión sobre la cobardía vienen al caso por la archiconocida detención del gudari –éste nada intelectual- Aitzol Iriondo y su involuntaria incontinencia urinaria al enfrentarse, cara a cara, con los agentes de la Brigada de Búsqueda e Intervención que lo detuvieron, y tras sentir en su piel el acerado frescor otoñal del arma reglamentaria.

El hecho de hacerse pipí en los pantalones cuando te apuntan con un arma puede ser o no un acto de cobardía. Habrá opiniones. Desde luego, si eres un gudari de pro muy ejemplar no es, que digamos. Y sin embargo sí parece ser algo común entre los gudaris de pro, de los de ahora y de los de antes. Por poner sólo un par de ejemplos poco ejemplares, el famoso Juan Arruti Azpitarte, alias «Paterra», se hizo caquita en los pantalones, lloró como un bebé sin chupete y cantó la Traviata para delatar a otros quince valerosos gudaris de la banda, además de llevar a la Guardia Civil de turismo por diez pisos francos (con perdón). A Jesús María Zabarte Arregi, sutilmente apodado el «carnicero de Mondragón», las fuerzas represoras lo encontraron dentro de un armario empotrado, temblando y tocando las castañuelas con los dientes, mientras sus pistoleros se atrincheraban en otra habitación del piso franco (con perdón) que tenían en Hernani. También los cachorros de ETA -que podría pensarse que no conocen el miedo a tenor de sus valientes actuaciones contra los aguerridos pasajeros de un autobús de línea o enfrentándose a un cajero automático- tienen sus vergüenzas al aire: por ejemplo Mikel Zubimendi, responsable de la «kale borroka» en Guipúzcoa, a quien los agentes preguntaron, con sorna, por qué llamaban «txakurras» (perros) a los miembros de las Fuerzas de Seguridad; «Por el olfato que tenéis», respondió el cachorrillo, casi lamiéndoles la mano.

Sin embargo, como he dicho antes, estos actos pueden o no ser considerados un ejemplo de cobardía. Desde mi punto de vista son simples anécdotas desmitificadoras. Que vienen muy bien para nuestro consuelo, pero no son lo importante. La verdadera cobardía, como bien decía Montaigne, es la que nace de la crueldad. Y de ésa, los valerosos gudaris tienen a espuertas, y lo que es peor, la reparten con cobarde generosidad. Cobardía es matar por la espalda, de un tiro en la nuca, a un hombre desarmado. Cobardía es volar por los aires un hipermercado lleno de hombres, mujeres y niños inocentes; o una casa cuartel llena de hombres, mujeres y niños igual de inocentes; es colocar bombas lapa o hacer estallar coches bomba desde la seguridad de la distancia. O dejar “olvidada” una muñeca bomba en la barra de un bar. Cobardía es amputar piernas y vidas a niñas de ocho años; es secuestrar vidas y almas a hombres torturados hasta la desesperación… o asesinados después de una cuenta atrás sádica y brutal. Cobardía es brindar con champán y carcajadas por la muerte de dos personas escogidas al azar. Cobardía es enviar paquetes bomba, es accionar mandos a distancia, es lanzar granadas, es extorsionar, es dejar huérfanos y viudas… es asesinar a sangre fría, sin contemplaciones, sin distinciones, sin piedad. Con la más absoluta, enfermiza y fanática crueldad. Porque, mi cruel, enfermo y fanático señor Arzallus, la cobardía etarra no es por cómo viven, es por cómo matan.

Y cobardes, señor Arzallus, son también los que los justifican, y los que los amparan, y los que los utilizan, y los que los alaban, y los que señalan sus objetivos, y los que los votan, y los que pactan con ellos, y los que los mantienen en el poder, y los que ceden a sus chantajes, y los que los subvencionan, y los que mienten por ellos, y los que recogen las nueces, señor Arzallus. Todos ellos comparten su cobardía porque todos ellos son cómplices de su crueldad.

Cobardía es negociar con ellos por un puñado de votos. ¿Verdad, señor Eguiguren? ¿Verdad, señor presidente, alias Mister Paz? Y es también una crueldad, con las víctimas y con todos nosotros. Una cruel injusticia, además totalmente injustificable. Pero nos conocemos. Y cuando desde los púlpitos socialistas (Leire, Pepiño) se empieza a acusar a la oposición de falta de colaboración así, de repente, sin venir a cuento, es que vuelve el proceso; cuando se dan largas para expulsar sin contemplaciones ni subterfugios a ETA de los ayuntamientos, con la Ley en la mano, es que vuelve la negociación; cuando el negociator oficial Eguiguren se reafirma en que nunca ha visto «incompatible la vía del diálogo con la firmeza democrática de la ley», es que nunca ha dejado de dialogar con los “hombres de paz”, ni antes ni durante ni después de la tregua, ni antes ni durante ni después de nada. Estemos atentos, porque de aquí a unos meses nos la volverán a colar. Con cualquier excusa, por cualquier motivo. Es la gran esperanza del pacifista Z para coronarse como Mister Paz por los siglos de los siglos. Es su obsesión histórica. Y no nos engañemos, lo seguirá intentando hasta que lo consiga. Aunque todos sepamos, menos él y Eguiguren, que la serpiente no negociará su rendición jamás. Por ciego fanatismo. Por pura cobardía. Por miserable crueldad.

El tema entonces será quiénes lo volverán a justificar y quiénes volverán a apartar la mirada hacia otro lado, con la nariz tapada… o no. Y entonces recordaremos la frase del pensador cubano Enrique Varona: «¿De qué se hace un tirano? De la vileza de muchos y de la cobardía de todos». Bueno, de casi todos.


jueves, 11 de diciembre de 2008

El bombo de Berni y un hip hop por la vida

El Ministro de Sanidad, el ilustre Bernat Soria, es un modernete. ¡Vaya por Dios! Quién se lo iba a imaginar, con esa pinta de abuelete batallitas que gasta el tío. Pero los progres, ya se sabe, son modernetes hasta la muerte (y más allá, si creyeran en el más allá). Pues sí, un colega, el Bernat. Un tronko, el Berni. Ayer nos presentó a ritmo de hip hop o reggaeton (hay opiniones) la última campaña de promoción del preservativo y prevención de embarazos adolescentes (por cierto, ¿alguien ha investigado posibles negocietes de Berni y sus colegas con el sector?). Y, oye, éxito total. Nº 1 de los 40 principales en un solo día. Superventas elepés. Top de visitas en Youtube y megatop de bajadas en todos los rankings de politonos. Es que no se habla de otra cosa en el “insti”, jo tío (o jo tía). Les ha entrado un calentón a los teens que se han puesto como fosos, como pozos, y con koko o sin koko se van a poner a coronar bombos como lokos. ¿Verdad, Berni? Y es que «con koko yo gozo mogollón», pero como soy un tío guai y con coco, digo «Stop a los rollos con bombo».

Y con eso, problema resuelto. El propio Berni ha dicho, esta vez sin hip hop, que la campaña «no induce a mantener contactos sexuales», que para eso ya está Internet. Claro, y además de bombos también enseñan a poner bombas en Internet, y no por eso debemos fomentar el terrorismo internacional entre los adolescentes. Edad ésta peligrosa y no precisamente consciente ni madura. Más bien lo contrario. La última encuesta sobre el asunto es bastante reveladora de la precocidad de nuestros chicos y chicas. En 10 años se ha duplicado la tasa de embarazos en adolescentes. Eso a Berni le encanta, y a la Bibi también, porque demuestra que nuestros jóvenes y jóvenas son libres de tomar sus decisiones con 15 o 16 años y no están coaccionados por sus padres ni reprimidos por los curas. Pues vale. Y como el bombo ya no es problema, porque se pincha y punto, pues, oye, todos tan contentos. Y tan contentas.

Pues no, tronko. El problema no desaparece, sólo se desvanece. Se difumina. Se camufla. Si al feto lo llamamos bombo, el feto deja de ser un niño y se convierte en aire. Así es más fácil deshacerse de él. Vamos, que no hay ni que pensarlo. ¡BANG! Y adiós bombo. Ésta y no otra es la «nueva estrategia de educación sexual» del gobierno socialista. Banalización del sexo, cosificación del feto, irresponsabilidad disfrazada de responsabilidad. Decía Manny, el personaje de Clint Eastwood en Sin Perdón, «Es muy duro matar a un hombre, porque le quitas todo lo que fue y todo lo que pudo ser». Ahora, imagina por un momento todo lo que puede llegar a ser cualquiera de esos “bombos”…

Y yo me pregunto, Berni, si de verdad quieres reducir las cifras de abortos en España, ¿no sería más lógico enseñar a los adolescentes que el resultado de un embarazo es un ser vivo, un niño, no un bombo? Y si realmente quieres educar sexualmente con cabeza, con coco, ¿no sería más eficaz pregonar responsabilidad en lugar de banalizar las relaciones afectivas y sexuales? ¿Presentar el problema de frente en vez de ocultarlo a traición? ¿No crees que si una niña de 15 años supiera que el resultado de una relación sexual puede ser un hijo real, no un bombo, se lo pensaría dos veces antes de mantener esa relación? Y si a pesar de todo se queda embarazada, ¿no crees que si fuera realmente consciente de que lo que tiene en su interior es su hijo, y que abortar supondría matarlo, no crees, Berni, que se lo pensaría no dos, sino cien veces?

Y hablando de educación sexual, tal vez deberías echar un vistazo al número de noviembre de la revista Pediatrics. Lo ibas a flotar, tronko. A lo mejor hasta cambiabas la letra del hip hop. Me he adelantado y he creado una para ti. Te cedo los derechos (y a Teddy, que le den).

Stop. Tronco.

Lo que hay aquí no es un bombo.

No es un bicho, te lo he dicho.

Yo no pongo stop.

Somos dos.

Ni lo matas tú, ni lo mato yo.

Bombón.

Yo propongo

vida como modo.

Lo toco, lo abrazo, lo cojo.

Con niño yo floto, tronco.

Sólo con la vida,

sólo con coco.

Y además, querido Berni, colega, para mí que lo que tú quieres es coronar tu propio bombo, a ver si vas a ser uno de los afectados por la crisis de gobierno acechante. Tal vez por eso tienes prisa en pelotear al presi y te ha dado por promover también la eutanasia, no sea que otro se corone por ti. Pero del “derecho a que me maten dignamente” hablaremos otro día.

martes, 9 de diciembre de 2008

De la estupidez infinita y más allá

Afirmaba Albert Eistein, con su peculiar y sabio sentido común, que «hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; de la primera no estoy muy seguro.» De esta sentencia se deduce que el gran Einstein desconocía por completo (y por fortuna) el nacionalismo catalán; como es lógico, por otra parte, pues los generosos y onerosos intentos de esparcirse por el mundo mundial del catalanismo del s. XXI se han iniciado a 53 años de la muerte del sabio físico; y aunque fue el creador de la Ley de la Relatividad, todo puede ser relativo menos el fallecimiento de Einstein, que parece ser bastante absoluto (si Garzón no se mete de por medio). Pero a lo que íbamos: si Einstein viviera hoy, un suponer, es bastante probable que conociera el catalanismo y, por lo tanto, es bastante probable que hubiera retocado levemente su famosa sentencia, que habría quedado más o menos así (seguimos suponiendo): «hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana. Y hay una que va hasta el infinito y más allá: la estupidez nacionalista catalana». Y de eso sí que estoy seguro.

La tontería ésta viene a cuento porque la Generalidad catalana ha llegado hasta límites insospechados por las mentes nacionalistas más fan (fantasiosas y fanáticas) y ha traducido al catalán nada menos que los nombres y apellidos de los nuevos funcionarios que han tenido los bemoles de opositar para funcionario de la Generalidad, que ya es tener bemoles. Y así, como suena, más de cien valientes opositores se encontraron de bruces y sin previo aviso con su nueva personalitat catalana en el Diario Oficial de la Generalidad: Yolanda Hidalgo Cumplido se transmutó en Yolanda de Gentilhome Complert, los Navarro se transformaron en Navarrès y los Soriano pasaron a ser Sòria; los Carrasco ahora son Garric; y la pobre María Dolores Morales Revuelto es ahora tal que María Dolors Morals Regirat; aunque más difícil lo tuvo Lidia Pilar Belio Arcos que se buscó y se buscó y de repente se encontró con su yo catalanizado que sonaba tal que Toreja Pilar Belio Arcs y a la pobre Toreja, digo Lidia, le dio un sofoco de pelots. Con toda la razón. Por que es que hay que ser cenutrio y encima proclamarlo. Claro, que teniendo en el tripartito individuos como el metafórico del «¡Muera el Borbón!» o el cachondo mental de la corona de espinas o el viajero del coche tuneado o el tripitas del puigito piscinas, pues qué se puede esperar. Nada bueno, ni siquiera normal.

Pero como no hay mal que por bien no venga, ni estupidez de la que algo no salga, pues a mí se me ha ocurrido la tontería de traducir los nombres y apellidos de los miembros y las miembras del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Cataluña… al inglés. ¿Por qué al inglés? Pues porque queda muy gracioso y porque es el idioma que me enseñaron en el cole, además del español, claro (desgraciado que es uno, que no le enseñaron catalán).

La cosa queda más o menos así (con algunas licencias poéticas que me he tomado la libertad de permitirme, by the face):

José Montilla i Aguilera: Joseph Little-mountain (or fino wine) and Eagle-Rock

President

Josep-Lluís Carod-Rovira: Joseph Lewis Expensived-Roturn

Vicepresident

Joan Saura i Laporta: John Saura and Thedoor

Adviser of the Inside, High-School Relations and Participation

Jordi Ausàs i Coll: George Auseis and Cabbage

Adviser of Governation and Public Administrations

Montserrat Tura i Camafreita: SerratedMountaint Hart and FriedBed

Adviser of Justice

Joan Manuel Tresserras i Gaju: John Manuel ThreeSaws and Segmentu

Adviser of Culture and Halfs of Communication


Joaquim Llena i Cortina: Joaquin Full and Curtain

Adviser of Agriculture, Food and Countryside Action

Josep Huguet: Joe Hugh

Adviser of Innovation, Universities and Company

Francesc Baltasar i Albesa: Frank Balthasar and Dawn

Adviser of Half Ambient and Housing

Antoni Castells i Oliveres: Anthony Castels and Olive Trees

Adviser of Economy and Finances

Joaquim Nadal i Farreras: Joaquin Christmas and Party-Goer

Adviser of Territorial Politic and Public Works

Ernest Maragall i Mira: Ernest SeaRooster and Look

Adviser of Education

Marina Geli i Fàbrega: Navy Ice and Factory

Adviser of Cheers! (or Health?)

Ma. del Mar Serna Calvo: Mary of the Sea Benothing Bald

Adviser of Work

Carme Capdevila i Palau: Karma Head-of-the-Town and Palace

Adviser of Social Action and Citizenship


BONUS TRACK:

Pepiño Blanco López: Cucumber White Lofish

Vicesecretary of the SSWCP (Spanish Socialist Working-Class Party)


Nada más. Hasta aquí la infinita estupidez. En mi descargo he de decir que yo lo hago por simple entretenimiento, no por ciego fanatismo ni para hacer la vida imposible a inocentes ciudadanos por el simple hecho de haber nacido en otro lugar y no llamarse como yo quiero que se llamen. Incluido el rey Joan Carles. Y además, no cobro un sueldo millonario por ello; pagado, por cierto, también por aquéllos a quienes estos descerebrados hacen la puñeta. Y por mí. Y por usted.


jueves, 4 de diciembre de 2008

Una sociedad enferma. Muy enferma.


Amo el País Vasco. Durante 36 años he pasado los mejores momentos de mi vida en Zarauz. Me he vestido de casero o pelotari para celebrar la Fiesta Vasca cada 9 de septiembre desde que tenía 4 años, pasando de las rosquillas a la sidra. He cogido olas por toda la costa, desde Gros hasta Mundaka, saboreando la salada adrenalina de mi querido Cantábrico. He ido de poteo y de pintxos con grandísimos amigos de Zarauz, Irún, Bilbao, Zumaya, Sanse… Me he perdido por las callejuelas del pueblo cientos de noches de risas, futbolines, billares buena música y “Keller en dos”. He bailado trikitrisas en la Plaza Mayor y he tarareado a Benito Lertxundi después de cantar a Neil Young en una jam session a orillas del mar. He jugado “campeonatos del mundo de mus” en sociedades gastronómicas, después de una “guapa” cena, regando los órdagos con pacharán casero. Y he vivido durante años cada minuto del campeonato del mundo de surf en Zarauz, Biarriz y Hossegor. He visto a Pink Floyd en Anoeta (el día que me presentaron a Goyo Ordóñez), y a Meat Loaf en el velódromo; y he pinchado Tequila y Bowie y Manfred Mann mientras Arguiñano me preparaba un filete empanado en la cocina, antes de hacerse famoso. He convivido con kales borrokas y con fotos de etarras en las plazas y con amenazas y escoltados y con héroes del día a día, y con secuestros de padres de amigos y con peneuvistas equidistantes. He ido de sangriada en bici y he desayunado en el malecón, viendo amanecer; y he cenado el besugo a la espalda de Guetaria y la tortilla de Bedúa, y el chuletón entre kupelas de Usúrbil y el txangurro de Saltxipi. Y las cazuelas de La Cepa, sentado en el mismo salón donde asesinaron a Gregorio Ordóñez. De un tiro en la nuca. Como ayer a Inaxio Uría. Y como ayer, a la sociedad vasca no le importó un pimiento de Guernika.

Eran los años del plomo y el “algo habrá hecho” y el más cruel, si cabe, “devuélvenos la bala” dedicado a la viuda de turno. Eran los años de negar funerales en las parroquias y casi, casi negar tumbas en los cementerios. El odio, el miedo, el desprecio, la cobardía, la indiferencia, la indolencia se mezclaban en las entrañas de la sociedad vasca como quien mezcla el chorizo y la morcilla con las pochas; algo que luego queda ahí, con una leve pesadez en el estómago, pero que se pasa rápidamente y con toda naturalidad.

Ayer asesinaron a Inaxio Uría. Otro más en la lista de la serpiente, recién descabezada y recién recabezada. Y sus compañeros de tute, sus amigos, su cuadrilla, mientras la manguera borraba los restos de sangre de la acera, sentaron a otro en su silla y reanudaron la partida. Y hoy, el PNV se rasgará las vestiduras mientras mantiene a ANV en cientos de ayuntamientos y exclamará “¡Han matado a uno de los nuestros!”, pensando que los otros casi mil no lo eran; y EA se rasgará las vestiduras, e intentará negar durante unas horas a su mesías terrorista, del que siempre ha sido fiel apóstol; y el PSE se rasgará las vestiduras y Eguiguren, el dialogante, buscará resquicios negociadores olisqueando el aire nauseabundo del miedo de unos y del “ansia infinita de paz” de otros; y el PP se rasgará las vestiduras y, tal vez, recuerde a María San Gil mientras trata de hacerse más simpático, más amable, más amigo de una parte de la sociedad vasca que sólo quiere verlo muerto. De un tiro en la nuca. Y la Patronal vasca se rasgará las vestiduras mientras, a escondidas, preparan la bolsa para conservar la vida. Y durante 24 horas se guardarán minutos de silencio, y se votarán mociones y se rendirán homenajes, y todos los partidos “democráticos” se unirán y condenarán el cruel atentado, mientras la serpiente se revuelve de risa y odio.

Y mañana, la sociedad vasca (no toda, pero sí mucha), volverá a la normalidad, a su rutina, a su cobardía, a su indolencia (cruel enfermedad, la de ETA, que mata los sentimientos). Y se sentará en su mesa del bar, pedirá un pacharán, encenderá un farias y seguirá su partida de tute o de mus, qué más da, mientras el cadáver de Inaxio aún no se ha enfriado del todo.

“Corto el mus”, “paso”, “paso”, “paso”… “se fue”.


martes, 2 de diciembre de 2008

Pepiño en Bombay. Nace un nuevo héroe.

Bombay. 26 de noviembre de 2008. La ciudad está tranquila, dentro de lo que cabe en su bullicioso caos. En el hotel Taj Majal, una nutrida delegación comercial española, liderada por Pepiño Blanco, ha sido convenientemente alojada en sus lujosas habitaciones y suites. Pepiño, como cabeza visible del grupo, permanece en la receción ultimando detalles con el amable y competente gerente del hotel, con el que se entiende perfetamente en fluido inglés, nivel alto-muy alto hablado y escrito. Cuando finaliza su misión organizadora y se dirige hacia los ascensores camino de su suite, para disfrutar de un merecido descanso tras largas horas de viaje, Pepiño, el líder, tiene un feliz e inesperado encuentro: su amigo, el alcalde socialista de Parla, que está en Bombay por asuntos familiares. Pepiño se interesa por su amigo y le invita a un trago en el bar del hotel. De pronto, un ruido sordo rompe la tranquilidad del ambiente; a primer oído parece champán, pero el instinto infalible y entrenado en las COES de Pepiño le susurra al suconsciente que ese sonido sinifica “peligro”, no burbujas. En eso, el sonido se repite insistentemente, a ráfagas, y Pepiño lo reconoce al instante: son disparos de arma automática (una AK 47, probablemente, piensa); una fuerte explosión a escasos metros del bar hace estallar los vasos y botellas de la estantería, salpicando el suelo de cristales. «¡Terroristas!», piensa con acierto mientras, guiado por su instinto y su entrenamiento, se abalanza sobre su amigo para cubrirle de la metralla (que, afortunadamente se queda por el camino). Debido a la potente onda espansiva, Pepiño pierde los zapatos, quedando al descubierto sus calcetines de Micky Mouse; pero eso no le preocupa. Le preocupa su amigo, y los otros clientes, y el personal del hotel. Él es así. Oserva el terror en los rostros de los camareros y en el rostro de su amigo, que está a punto de llorar. Sin pensárselo dos veces, se levanta y asume el mando. Se autoasigna una misión imposible (para otros, no para él): poner a salvo a todos sus hombres -y mujeres- y no descansar ni un segundo hasta sacarlos a todos –y a todas- de Bombay, de la India en llamas. Es su delegación, es su responsabilidad. «¡Yo me crezo ante las dificultades!» esclama, para sus adentros.

Lo primero es salvar al grupo que tiene más cercano, así que se pone manos a la misión. Atraviesan la zona del bar y entran en las cocinas, donde oserva también el pánico en los rostros de los cocineros; el suelo está lleno de charcos de sangre y cristales, que se clavan como agujas en los pies descalzos de Pepiño, atravesando sus calcetines blancos de Micky Mouse, que ahora se tiñen de rojo. Haciendo caso omiso del dolor («el dolor es un conceto difuso del inteleto», se dice), Pepiño mantiene la sangre fría mientras se suceden las esplosiones y los disparos en el esterior. Él y su grupo permanecen espetantes en la cocina, escuchando, agazapados. Pero no es una postura que le guste, precisamente, así que ordena a todos ponerse en pie y seguirle al exterior del hotel. Él sale el primero, por si hay peligro, sube a una furgoneta aparcada y la arranca haciendo contato con los cables, bajo el volante. Con un gesto, indica a todos que suban y se tumben en el suelo. Van 15 personas. Pepiño, impasible el ademán, agarra el volante con determinación y acelera rumbo al aeropuerto. Atraviesa la zona de fuego cruzado sin pestañear, esquivando explosiones y balas, y guiado por su memoria fotográfica callejea por las callejuelas aterrorizadas de Bombay hasta que llega al aeropuerto. Todos están a salvo. ¿Todos? ¡No! Gran parte de la delegación –de su delegación- aún permanece desamparada y perdida en territorio comanche, atemorizada por los indios islamistas. A través del móvil, Pepiño se comunica con su jefe de gabinete quien, visiblemente aterrado, le informa que están en el malecón, supuestamente custodiados por la Policía. Tras calmar a su subordinado, vuelve a subirse a la furgoneta –acribillada de balazos y metralla- y enfila hacia a la playa. A unos 200 metros detiene el vehículo y se baja, silencioso como un tigre de Bengala. Es noche cerrada; Pepiño, que es muy blanco, embadurna la totalidad de su rostro con grasa de la furgoneta, mimetizándose astutamente con la oscuridad. Un pañuelo fuertemente anudado a la frente impide que caigan sus gafas; las mangas rotas de su camisa dejan a la vista sus musculosos bices y trices, que junto con sus manos son verdaderas armas de destrución masiva; en su boca, un cuchillo de trinchar carne, de 30 cm. de largo, que cogió en la cocina del hotel. Arrastrándose por la arena de la playa, silencioso como una cobra, llega hasta las rocas donde se encuentran sus hombres –y mujeres-. Nadie le ha visto. Ni siquiera los policías custodios, que se llevan un susto de muerte y casi le acribillan ahí mismo. Pero Pepiño, alzando su brazo musculoso, impone calma y sosiego; habla con los guardianes (en indostaní, dialeto que domina a la perfeción, entre otros doce) y les convence, sin esfuerzo, de que los asustados estranjeros estarán más seguros con él; y en efeto, les dejan marchar. Pepiño les ayuda a subir a la furgoneta, uno a uno, al tiempo que les sonríe y reconforta como sólo un líder o un héroe sabe hacer. Una vez están todos dentro, Pepiño conduce a sus hombres –y mujeres- al aeropuerto, y los deja sanos y salvos en la escalinata de un avión francés.

Pero él no sube a la aeronave. No puede. No hasta que todos sus hombres estén a salvo. Y aún quedan dos de ellos en el interior del hotel, escondidos en sus habitaciones. Pepiño regresa al Taj Majal y entra por la puerta de atrás, sorteando a los terroristas, que están disparando indiscriminadamente a turistas y soldados. Una bala perdida le atraviesa el brazo. «Bah, no es nada escecional», se dice; saca aguja e hilo de su mini botiquín de supervivencia y, apretando el cuchillo con los dientes, se cose sin pestañear la herida de entrada y la de salida. Los ascensores están bloqueados, y el hall del hotel está infestado de terroristas, así que se desliza por los conductos del aire hasta el piso 14, donde rescata a su amigo Inasi Guardans, oculto dentro del armario. Juntos, suben por las escaleras hasta el piso 21, donde el otro colega, Millás, aguarda ser rescatado; tras derribar la puerta de una certera patada, Pepiño salva a su último hombre y los tres suben hasta la azotea. Allí, como previamente había oservado desde el jardín del hotel, se encontraron un pequeño helicótero (probablemente propiedad de algún millonario yanqui). El hábil Pepiño pone en marcha el aparato, que no tiene secretos para un esperto piloto como él, y atravesando el fuego cruzado de terroristas y ejército (ambos creen que es el enemigo), consigue salir de la zona de riesgo y volar con seguridad hasta el aeropuerto. Allí, tras asegurarse diez veces de que no queda ningún miembro –ni miembra- de su delegación en la ciudad sitiada de Bombay, sube al avión con los dos últimos rescatados, rumbo a la base aérea de Torrejón. Una vez ha despegado el avión, Pepiño cae en un profundo y merecido sueño. El sueño de los héroes. En unos días, partirá hacia Somalia para rescatar un atunero euskaldún que ha caído en manos de unos desaprensivos y codiciosos piratas. Los héroes son así.


¡¡RIIIINNNG!! Pepiño despierta, sobresaltado. Ha tenido un sueño extraño. Se levanta y siente los pies fríos, pues ha perdido los calcetines en la cama; su rostro está embadurnado de crema facial; y en su boca, no sabe por qué, hay un bolígrafo mordido con saña. Tampoco entiende qué hace su corbata anudada a su cabeza ni, mucho menos, cómo se le ha podido escapar algo que no se le escapaba en el pijama desde que tenía 12 años, allá en Palas do Rei. «Bueno —se dice—, ya se me pasará en la ducha. Hoy me espera un día perfeto: toca hablar de la facha de Espe y su cobardica salida de Bombay. ¡Me encanta mi trabajo!»

viernes, 28 de noviembre de 2008

El partido perdido y la esperanza de ganar.

Y llegó Aznar y se armó la gorda. Una vez más. Desde luego que para ser el presidente de honor del PP, siembra el horror en el PP cada vez que abre la boca. ¿Por qué será? Comprendo que a veces debiera estar callado, por el bien propio y el de los demás, sobre todo el de sus propios demás. Pero de ahí a que no pueda ni mentar al partido, ni opinar del partido ni aconsejar al partido ni abroncar al partido… ¿Pero no hemos quedado en que es el presi de honor? Pues eso debe ser como el papi jubilado del partido que, aunque tenga a la prole emancipada, algo de voz, digo, debe tener en el partido. ¿O no?


Y hablando de partido, esta vez lo único que ha dicho el presi de honor es que «en política no se está para empatar ni para heredar, sino para ganar». ¡Que levante la mano el que salga al terreno de juego para perder! (Llamazares, hijo, baja el brazo, que te va a dar un calambre). Y además, añade, hay que jugar «sin complejos». Pues sí, cuando tienes casi la mitad de los votos posibles de un país y nosecuántos cientosmil fidelísimos afiliados y simpatizantes y colegas y demás pues resulta que debes ser un equipo con vocación de ganar; y no sólo con vocación, además tienes la obligación de ganar, sí o sí. Es como el Madrid, que si no gana la Liga, la Copa, la Champion, la Recopa y la Requetecopa es que ha hecho una temporada mala, malísima; porque con la muchimillonada que se gasta en fichar a las mejores estrellas de la galaxia interestelar, si no lo gana todo-todo es porque no le da la gana. Y punto. Los del Atleti, en cambio, como somos más modestos, nos conformamos con una copita o un chupito de vez en cuando, cada diez o quince años. Pero el Madrid, el Real Madrid, autoproclamado Mejor Club del Mundo, tiene la estricta e inexcusable obligación de ganar. Por cojones (con perdón). Igual que el PP. Porque el PP tiene a los mejores jugadores en cada puesto (con carreras y todo, no como otros), porque tiene a la afición más numerosa y leal (y sin ultras, mal que le pese a Pepiño), porque tiene gente trabajadora y entregada a sus colores y suda la camiseta todos los días, porque tiene ganas de pelea y hambre de gol, porque tiene el mejor entrenad… ¡Un momento! ¿Entrenador? ¿Entrenador no es el que dirige el equipo, el que planea una estrategia, el que define unas tácticas, el que hace esos dibujitos en la pizarra para ver por dónde atacamos y cómo defendemos y en qué portería metemos? ¿Entrenador no es el que fija el rumbo, el que lidera al equipo, el que guía a los jugadores en el campo y en el vestuario? ¿El entrenador no es el jefe, el caudillo, el cabecilla, el boss, ¡el mister!, ése al que todos obedecen con ciega confianza y sincera devoción? ¡Pues ya está! Eso es lo que nos falla, oiga. El mister.


Porque resulta que el mister Mariano lo que no tiene muy claro, para empezar, es en qué equipo juega. Si él mismo reconoce que «nunca he sido de izquierdas. Soy independiente y trato de defender los intereses generales», que es como no decir nada, pues es que no sabe dónde está. Ni adónde va. Ni adónde nos lleva. Por la izquierda no hay juego; y cuando alguien se desmarca por la derecha, no se le pasa el balón ni jarto de vino; y si va por libre, todavía menos; así que, ¡ale!, todos apelotonados en el centro lanzando balones al tuntún, sin saber a quién, a ver si se cuela alguno, así como por casualidad. Y claro, los goles se los cuelan a ellos por todos los ángulos y ellos que no tocan bola y que no pisan área ni tiran a puerta ni crean peligro y no meten ni miedo, y cuando marcan un gol, es en propia meta. El equipo está mal llevado, los nuevos dueños (y dueñas) del vestuario no convencen ni lideran, y cuando hablan, es para no decir nada o para decir demasiado; las viejas glorias, que se niegan a chupar banquillo; el juego dialéctico es pobre, los mensajes siguen sin llegar ni convencer (ya ni a los suyos); los colores están difusos, los valores y principios cada vez se ven más ausentes y dispersos, ya no saben qué defienden ni qué atacan. Si les preguntas sobre el aborto, te hablan de la crisis; si les hablas de la EpC te mentan a los rusos; si les comentas lo de los gays te llaman reina vieja; y si preguntas por la Cruz, despejan a corner. Y en Navarra, tarjeta roja. Y la afición, cada día más desilusionada, más decepcionada, más desesperanzada. Si con este mister y este equipazo de intergalácticos hemos perdido dos elecciones, dos, contra el peor equipo de la historia de la democracia, es que somos muy malos. O es que estamos muy mal aprovechados. O es que la estrategia es errónea. O es que ni siquiera tenemos estrategia. O es que, sencillamente, nos gusta jugar a empatar, o a perder (es más cómodo, ya se sabe: menos presión, menos entrenamiento, menos dedicación…).


Y en esas que llega Moragas, el pelota que toca pelota en cuanto le dejan y tiene oportunidad, y va y dice que lo que le va es la marcha, colega, como al Guti: «la música de nuestros valores no se escucha mejor subiendo los agudos hasta el infinito y más allá. El ecualizador del mensaje del PP se fijó democráticamente en el Congreso de Valencia y el DJ político que votamos se llama Mariano». ¡Acabáramos! Si resulta que es el mismísimo mister el que se lleva de parranda nocturna a sus pupilos, a moverles el esqueleto a ritmo de gaitas o de bakalao (o de lo que sea que pinche diyei Mariano), pues claro, luego no rinden en el campo. Ni el mister ni el equipo. Y así se las dan. Y mientras, chupando banquillo, los grandes jugadores de verdad, los que se dejan la piel (cuando les dejan), los que dan juego y meten goles, los que no babean al mister, los que defienden y atacan lo que siempre han defendido y atacado.


Y así no hay quien gane, oiga. Ni quien empate. Ni quien herede. Y volveremos a perder un partido detrás de otro, primero en Galicia, luego en Europa, luego en País Vasco y al final, la liga. Otra vez. Contra Z, Pepiño, la Bibi y la Pajín. ¿No es deprimente?


Y encima el susto: la única esperanza para que este partido no acabe partido y perdido para siempre, que casi se nos muere de un bombazo en Bombay (pero, ¿cómo sabían los terroristas que estaba ahí y que es compi de Aznar, el de las Azores?). Menos mal que la presidenta es inmune y superviviente nata (sobrevivir en el PP inmuniza que no veas). Y además, con «un par de bemoles», como relata su compañero de susto Narciso de Foxá. Pues eso, que la Espe es lo último que se pierde. Y el partido hasta se puede ganar.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

la Cruzada Laica de Pepiño, el Creyente

Dice Pepiño, el autoproclamado creyente, que "en los colegios públicos no debe haber crucifijos porque hay que respetar las creencias de todo el mundo". Y a mí me parece bien, qué quieren que les diga. El respeto es bueno. Muy bueno, incluso. Vivimos en un estado aconfesional y eso va a misa. ¿O no? Lo que no es tan bueno, incluso malo diría yo, es que ese disfraz de respetuosa aconfesionalidad que proclama el creyente Pepiño no sea más que un mero subterfugio para encubrir una perfectamente planeada y sibilinamente ejecutada Cruzada Laica. Eso sí que es malo. Pero que muy malo. Aunque no es nuevo. Yo lo dije hace meses, cuando el PSOE ganó (snif) las últimas elecciones, esta vez sin iraks ni muertos ni aznares ni nada a lo que echarle la culpa culpita. Dije entonces que la anterior legislatura había sido la de la Paz (ETA, alianza de civilizaciones, no a la guerra…) y que ésta iba a ser la de la Guerra (la Guerra Santa Laica). Y como buena guerra, se abre en todos los frentes posibles, que son muchos, y frente a un enemigo “oficial” más bien escaso (de convicciones, de resistencia y de valor).

Todo esto viene al caso porque el PSOE de Castilla y León ha pedido que se retiren los crucifijos de las escuelas públicas, después de que un juez de Valladolid haya ordenado la retirada de símbolos religiosos del colegio Macías Picavea (que estará feliz, allá donde esté, como buen republicano progresista-darwinista-positivista-y-desobediente-civilista que fue, allá en el s.XIX). No vayamos a ofender la recalcitrante laicidad de los muchachos al mirar la pizarra para aprender EpC y ver la Cruz ésa, ¡válgame Dios!, símbolo de todo lo diabólico que se estila por el mundo. Y menos mal que al PP eso de que haya cruces “no le molesta” (Cospedal dixit), o sea, que ni fu ni fa, que si sí o que si no, que me da igual, vamos. En su línea.

Pero no es nuevo el tema. Ni es aislado, repito. Es una guerra con una estrategia perfectamente orquestada que responde a un objetivo muy concreto, que es anular, aplastar, exterminar a la oposición definitivamente y para siempre, entendiendo por oposición todo lo que se oponga al régimen: niños librepensadores, Iglesia arcaica, familia tradicional, asociaciones provida, adolescentes con valores, educadores, religiosos… ah, y el PP, suponemos. La Cruzada Laica contra la Iglesia viene de tiempo ha, y no sólo desde el púlpito de Pepiño, el Creyente, que tachó a la Conferencia Episcopal de “casposa” y "nuevo brazo armado" del PP, eso sí, con todo respeto. También desde el púlpito de los Goya, cuando Alberto San Juan (cómo debe sufrir con ese apellido, el muchacho) dedicó su Goya a la “disolución definitiva de esa cosa que se llama Conferencia Episcopal”; y desde el púlpito de la Sexta, la tele amiga, con el inefable Follonero y Wyoming y Buenafuente y demás con su mofa incansable de la religión (católica, of course); y desde el púlpito del teatro, con el provocador Bassi y su reveladora y blasfema payasada de turno; o desde el púlpito de la Universidad, donde el rector (nada recto) Peces Barba afirma que los católicos son “responsables de la agitación que impide la paz social y beligerantes contra la política del Gobierno y contra cualquier progreso”; o desde el colorido púlpito-carroza del orgullo gay, con aquel tolerante “¡Vamos a quemar a la Conferencia Episcopal por machista y patriarcal!”; o desde el púlpito absurdo de la generalitat, que financió un “manual de ceremonial civil”, para la celebración de bautizos, bodas, funerales y comuniones laicas; o desde el púlpito de los intelectuales de la PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero) que pedían el voto para Z con el fin de evitar que “los obispos nos echen encima su teocracia humillante y estúpida”; o desde el púlpito diplomático, por ejemplo Lisboa, donde la embajada española y la secretaría de cooperación internacional dirigida por Leire Pajín, patrocinaron la obra blasfema "Me cago en D..." de Ramírez de Haro; o desde el mismísimo Corpus Christi, con la “procesión alternativa” organizada en Toledo en la que se hacía escarnio de la Virgen María, aparecían obispos y sacerdotes en brazos de mujeres semidesnudas y un sin fin de vejaciones más; incluso desde el púlpito de la antigua Iglesia de L´Hospitalet, donde el ayuntamiento organizó una exposición con fotomontajes pornográficos de Jesucristo y Juan Pablo II; o desde el púlpito aconfesional y respetuoso de Ferraz, donde el PSOE afirma en su Manifiesto de Laicidad que “las religiones son la causa de todos los males del mundo”. Y podríamos seguir ofreciendo ejemplares muestras de respeto a la libertad religiosa en esta Ezpaña laica y cristofóbica, pero nos eternizaríamos (y perdón por el chiste fácil).

Simplemente voy a resumir los últimos respetuosos ataques, que esta semana han sido especialmente abundantes, variados y significativos (pareciera que, aprovechando la reunión a puerta cerrada de la comisión abortista-paritaria de la Bibi, han pisado el acelerador de la Cruzada Laica, como para despistar): por ejemplo, el cordón sanitario aplicado a la santa Sor Maravillas, que cometió el imperdonable pecado de haber dedicado su vida a los pobres sin ser socialista/comunista/anarquista/nacionalista; o el chiste atroz y machista de la feminista Almudena Grandes en El País, imaginando a la santa “gozando” mientras es violada por “una pandilla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos" (y, por cierto, sabiamente respondido por Muñoz Molina); o la desazón de Llamazares (¿pero sigue vivo este tío?), que teme ser abducido por el catolicismo, y que ha cursado solicitud formal para retirar la cruz y la Biblia de las juras de cargos públicos ante el Rey (¿y él qué va a jurar? ¿de Ministro?), y que anda preocupado porque aún quedan cruces en los colegios y desfilan militares en las procesiones (por cierto que no tiene desperdicio la carta que le dedica el religioso Pedro Aliaga, publicada en ABC); o los últimos estrenos del megapolitizado y megasubvencionado cine español, Camino (Javier Fesser), Los Girasoles Ciegos (J. L. Cuerda) y La Buena Nueva (Helena Taberna), curiosa coincidencia en la descalificación/tergiversación/caricaturización de la fe cristiana. O la tolerante pirómana Almeida, que además de querer quemar libros que no le gustan (y si pudiera a sus autores) da “Gracias a Dios” porque “no vamos a tener a la Madre Maravillas en el Congreso. No está Azaña e iba a estar la Madre Maravillas”.

La Cruzada Laica está en marcha. El Rey Rodríguez Corazón de León (o de Valladolid, no me acuerdo), su fiel Caballero Sir Blanquelot, el Creyente, y todas sus hordas laicistas se disponen a reconquistar Jerusalén para borrarla del google maps, por los siglos de los siglos. La Cruz de Cristo será reemplazada por la Ceja de Zapatero, el Espíritu Santo por la Paloma de Picasso y Dios Padre por Papá Estado, uno y trino, que se hará omnipotente y omnipresente en nuestras vidas, en nuestros cerebros y en nuestras almas. El objetivo, acabar definitivamente con los valores cristianos que se oponen al proyecto de sociedad de Z. Sustituir los 10 Mandamientos por el “todo vale”; erradicar los valores de familia, vida o libertad de pensamiento y obtener carta abierta para el aborto libre, la eutanasia, la manipulación genética, el adoctrinamiento ideológico de los niños y una concepción estrictamente laicista y totalitaria de la sociedad. ¡Toma memoria histórica! Y todo por un iluminado obsesionado por las batallitas de su abuelo; quien, por cierto, murió perdonando y encomendando su alma a Dios. Por desgracia para todos nosotros, su vengativo nieto no leyó el punto 5º- de su testamento: «Su fe en el Ser Supremo es firme. A Él encomienda su alma de creyente que procuró siempre tener limpia de faltas (…) A Él, en este momento de abominables pasiones, pide la paz de España y de la Humanidad. Muere inocente y perdona. Pide a su esposa e hijos que perdonen también. Éste punto es el que sí leyó: «6º- Que cuando sea oportuno se vindique su nombre y se proclame que no fue traidor a su Patria y que su credo consistió siempre en su ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes».

Amén.


Y mientras, el PP, jugando al fútbol, marcándose goles en propia meta (pero de eso, si me permiten, hablaremos mañana).

viernes, 21 de noviembre de 2008

Los 8 minutos que salvaron el mundo



Ya está, ya pasó. Después de tanta angustia, sufrimiento, incertidumbre, brasa, vivo sin vivir en mí, lloriqueos, súplicas, más brasa, hago lo que me pidas, más brasa y ¡ya tenemos silla!; después de tanto llévame porfi que tengo mucho que aportar, aquí, en Francia, en Ecuador y en China; después de tanto que si no me apoyas, que si tú más, que lo que tienes es envidia y que lo que me das es vergüenza; después de tanta tormenta mediática, social, política y hasta sindical; después de tanto coñazo, por fin (¡alabado sea Dios!), pasó la dichosa cumbre del G-20 o el G-23 o el G-20 + 1 + 1 +1 o lo que sea que fuere el G ése.

Ya está. Ya pasó. Y la pregunta ahora es ¿qué pasó? Durante la fase previa a la cumbre o loma o montículo o lo que fuere, España se llenó de perlas orales llenas de pompa y trascendencia vital. Parecía que nos iba la vida en ello, oiga. Igualito que aquél famoso referéndum plus de la constitución europea que si salía el NO nos íbamos todos a la mierda para no volver (¿alguien se acuerda ya de eso, aparte de Los Del Río?). Llegamos a escuchar cosas como que el super presi Z no iba “mendicando” (sic) la participación española en el G-20 (Pepiño dixit) o que este hecho supone «un salto cualitativo de la posición de España en el mundo» y que nuestro país «se sitúa en el grupo de cabeza» (más Pepiño); o que «hoy hemos salido definitivamente del rincón de la historia» (la Viceaustera dixit). La culpa, como siempre, como todo, del PP, porque esta crisis mundial ha sido «propiciada por una política salvaje y neoliberal que ustedes siguen defendiendo. (…) Dejen el vagón de cola y súbanse a la locomotora de la historia que perdimos hace 60 años». Así que, estaba claro, nos encontrábamos ante un hecho trascendental, vital, HISTÓRICO. Con todas sus letras y todo su significado. Más que lo de Obama incluso, que ya es.

Ya está. Ya pasó. La refundación del capitalismo salvaje, feroz y malo malísimo está en marcha. El Apocalipsis del neoliberalismo ha pasado a ser la Apoteosis del socialismo camuflado, o sea, de la socialdemocracia. Su motor, Z: «Éste es un tiempo para políticas socialdemócratas, en el que la socialdemocracia va a demostrar su fortaleza ideológica y su capacidad de resolver y organizar mejor la sociedad en beneficio de los ciudadanos». ¡Qué gonito! ¡Qué emocionante! Y aún hay más: según el docto economista Caldera, es hora de que termine «el ciclo histórico de las ideologías neoliberales y neoconservadoras»; y además, esta cumbre "permitirá a España aportar nuevas propuestas" en la transformación del sistema financiero internacional (Pepiño, de nuevo). Y hasta los sindicatos, con sus 300.000 liberados chupando del bote capitalista, quisieron aportar su granito de socialdemocracia sindical, barriendo para casa, claro: «que en el foro que se va a iniciar a partir de mañana se abra una participación a la Confederación Sindical Internacional, al sindicalismo mundial». Pero lo mejor, lo de Sebastián, el de la bombilla: Brown y Zapatero son quienes están «llevando la voz cantante» y lideran la solución europea a la crisis, «junto a Sarkozy, que yo creo que está deseando pasarse al bando socialdemócrata e, incluso, más a la izquierda». Total, que Z llevaba sobre sus espaldas ni más ni menos que la infinita responsabilidad de defender a capa y espada (cuan Mr. Smith goes to Washington) la muerte del capitalismo salvaje y la reinstauración de la socialdemocracia salvadora. Él solito. Pero, a diferencia de las 20 horas que gastó heroicamente el Mr. Smith de Capra, nuestro Mister Paz sólo disponía de 8 míseros minutos para lograr su hazaña. Y durante esos 8 minutos, España entera contuvo la respiración; el mundo entero dejó de respirar, expectante, angustiado, esperanzado… Una vez más, la salvación de la civilización estaba en manos de un solo hombre.

Ya está. Ya pasó. El héroe de la cumbre no defraudó. Durante esos trascendentales 8 minutos, Z defendió lo que tenía que defender; aquello por lo que había luchado fieramente durante semanas para llegar allí, con su silla, con su voz; defendió lo que había prometido defender, aquello en lo que creía, aquello que sabía que era lo mejor para todos, lo mejor para el mundo, lo mejor para la paz. Defendió… (¡tatachaaaann!) lo que defendieron todos los demás, o sea, el libre mercado, el más mercado y mejor Estado: «Nuestro trabajo se va a guiar por una confianza compartida en que los principios del mercado, unas condiciones de comercio y de inversión sin trabas y unos mercados financieros regulados de manera eficaz fomentan el dinamismo, la innovación y el espíritu emprendedor que resultan esenciales para el crecimiento económico, el empleo y la reducción de la pobreza» (extracto de las conclusiones de la cumbre). Pero de socialdemocracia, de antiliberalismo, de refundación del capitalismo, de transformación del sistema financiero internacional, de Confederación Sindical Internacional, de social-liderazgo zapateril y la madre que lo parió, rien de rien, o sea, nothing of nothing, o sea, que nada de nada. Por mucho que se empeñe Pepiño, próximo Nobel de economía, empeñado en que «el mensaje de la Cumbre ha sido más Estado y menos mercado», y la Pajín, que afirma que esto es «un serio revés a las tesis de los conservadores». Está claro que les dieron mal la traducción. Sólo faltó culminar el profundo análisis con aquello tan bonito de «amanece un tiempo nuevo para la paz, las relaciones multilaterales y los derechos sociales, un tiempo nuevo para el mundo», que le dedicó, derretida toda ella, a Obama. Con su nuevo look de Primera Dama de la Socialdemocracia habría quedado divino de la muerte.

Ya está. Ya pasó. Ya podemos dormir tranquilos. El mundo está a salvo. España está a salvo. Z es el nuevo mesías laico, el nuevo salvador, el nuevo líder del mundo mundial. Y Solbes, su vice, ese gran lumbreras de la economía española, el Ministro de finanzas peor valorado de la Unión Europea, sólo por delante de Irlanda y Portugal (Financial Times). ¡Que Dios nos coja confesados! ¡El apocalipsis ya está aquí!