Hoy, 4 de junio, se estrena en Madrid La última cima, y después en salas de toda España. Una película que no va a dejar indiferente a quien
La última cima no es una película al uso, desde luego. Tampoco Pablo Domínguez es un protagonista típico. A priori puede parecer duro acudir a una sala de cine, y pagar la entrada, para ver un documental sobre un cura (por muy excepcional que éste sea), pero la realidad es que resulta ser una experiencia sorprendente. Tiene mucho humor y aventura y emotividad y ritmo y complicidad con el espectador; tiene una impactante banda sonora (rock sacerdotal incluido), escenarios espectaculares y una gran fotografía; tiene un guión muy original y secundarios de lujo; y tiene, sobre todo, un final feliz. Ah, y está absolutamente recomendada para todos los públicos, creyentes o no. ¿Qué más se le puede pedir a una película?
Pablo era ese tipo de sacerdote que más odian los que odian a los sacerdotes. Porque lo tenía todo: era joven, simpático y afectuoso, muy humilde (“todo es mérito de Dios”, decía) y enormemente humano; pero también era un intelectual apasionado, no en el sentido abstracto, sino perfectamente entendible. Además, “era un sacerdote que vivía su sacerdocio con plenitud e identificación con lo que es el sacerdote en la Iglesia, sin dudas”, en palabras de Rouco Varela, que ofició su funeral.
Para todos los que lo conocieron era un sacerdote inteligente, bondadoso y entregado; a otros, les enseñó a amar profundamente la Verdad; otros destacan su alegría, su sentido del humor casi de niño, cómo sabía reírse de sí mismo y conquistar a los inconquistables a través de
Pablo era, como él mismo se definía, “sacerdote, sacerdote y sacerdote”. Pero además de sacerdote era Doctor en Filosofía y en Teología, catedrático de Filosofía Sistemática de la Facultad de Teología San Dámaso desde 1998 y delegado del Gran Canciller para la dicha facultad, autor de 4 libros, conferenciante apasionado y ameno, director espiritual “cotizado”, hijo, hermano, tío, amigo y, sobre todo, montañista.Un gran aficionado a la escalada, que había coronado los picos más importantes de España y otras latitudes. Allí, en las alturas, contemplando el espectáculo de la Creación, Pablo se encontraba más cerca de Dios; y por eso le gustaba celebrar la Eucaristía cuando coronaba una cima. Y así lo hizo aquel 15 de febrero de 2009, con su habitual compañera de montaña,
Conocerle era quererle, cuentan quienes lo conocieron. Porque, sobre todo, Pablo era una persona cercana, generosa, entregada, que no sabía decir que no a nada. “Es que me hace bien”, afirmaba. Y debía ser verdad, porque igual atendía espiritualmente a las monjitas cistercienses (que reclamaban asiduamente sus ejercicios espirituales), que cuidaba a los enfermos moribundos, confesaba a cientos de niños en un colegio, acompañaba a una amiga en un parto difícil o “hacía el ganso” con sus sobrinos tirado por el suelo. Se ponía al servicio de quien tuviera delante en ese momento, sin más; simplemente te decía “si puedo ayudarte en algo, pídemelo”, y tú se lo pedías y Pablo lo hacía. Porque lo decía de verdad.
El bueno de la película
Pablo Domínguez fue una buena persona y un buen cura. Como tantísimos otros. Y ésta era ya de por sí una buena razón para hacer una película sobre él. Pero si además descubrimos que su estela está transformando a multitud de personas después de su muerte, la historia se antoja aún más interesante de contar.
Eso es lo que pensó Juan
La conclusión quizá sea que hay una enorme necesidad de esta película. Algo debe tener. Fiel al estilo de su protagonista, “la película no es un discurso, dice Cotelo, son personas que hablan con el corazón, que cuentan de qué modo ha afectado a sus vidas el hecho de conocer a Pablo. Cómo escuchaba, cómo nunca hablaba de sí mismo o cómo brillaba su alegría en los momentos más difíciles; o con qué naturalidad amaba a Dios como Padre y amigo, siendo él un intelectual, un doctor en Teología y en Filosofía”. Y ése es precisamente el objetivo de La última cima. “No es una película sólo para creyentes, sino para todo tipo de público”, recomienda Cotelo; y él sabe por qué lo dice. “Es un ejemplo vivo y cercano de una fe que está al alcance de cualquiera. En definitiva, una historia de Amor”.
La última cima muestra la huella profunda que puede dejar un buen sacerdote en las personas con las que se cruza. Y que revela cómo, después de su muerte, Pablo sigue coronando cimas en las almas de miles de personas, conmovidas por el ejemplo de su vida, de su enorme fe, de su entrega a todos, de su alegría sin límites.
Vivimos un tiempo en que los sacerdotes son tratados en el cine, en la televisión, en la prensa, como seres perversos o caricaturescos. Especialmente en España. Y son miles los sacerdotes generosos, alegres, serviciales, humildes… Sacerdotes anónimos que sirven a Dios, sirviendo a los demás. Ésos son los sacerdotes buenos de los que nadie habla, que son casi todos. Sacerdotes como Pablo Domínguez, que fue precisamente eso, un buen cura. Nada más. Y nada menos.
Id a verla, os garantizo que será el comienzo de una gran amistad.
Podéis informaros de las fechas y salas de estreno pinchando aquí: laultimacima.com
...







