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Situación: Durante una acalorada discusión sobre si es discriminatorio que las mujeres laponas lleven gorritos de colores sin haber sido previamente consultadas, la Ministra de Igualdad explica al Ministro de Economía qué significan las siglas MP y VM.
«—¿No me digas que no has oído hablar de los MP y VM? —le preguntó aleteando interminablemente con sus pestañas superlargas— MP y VM son las siglas de Mujeres Padres y Varones Madres (…) Es decir, transexuales que tuvieron hijos o los adoptaron antes de cambiar de sexo: un colectivo emergente con problemática específica.
—Joder, y tan específica —exclamó el ministro.
—Es interesantísimo —añadió con gran entusiasmo la Ministra de Igualdad—: se dan incluso casos de transexuales que tuvieron o adoptaron hijos antes y también después de cambiar de sexo. De modo que hay quien, por ejemplo, es padre de dos niños y madre de un tercero.
—Y eso qué tiene de interesantísimo, yo lo encuentro un lío tremendo —objetó el ministro.
—Naturalmente que es interesantísimo: estos ejemplos de intercambio de roles parentales son de un valor incalculable para la equiparación de la mujer en todos los planos (…)
—A vosotras se os va un poco la pinza con la cosa de los roles…
—A los que se les va la pinza con los roles, eh, es a cierta generación de varones al borde de la andropausia, que al parecer aún arrastran resabios patriarcalistas…
—Ah, sí: pues ahora resuélveme un problema, tú que eres tan lista y tan moderna: qué pasará cuando al hijo de un transexual se le ocurra hacerse transexual, ¿eh?
—Oggg: ya está el ala conservadora buscándole tres pies al gato...: pues según el sujeto sea en cada momento hombre o mujer, será hijo o hija de su padre o madre según el sexo que éste o ésta tuviera o tuviese en el momento del nacimiento de su hijo o hija… Más claro, el agua.»
Este diálogo, que hoy es absurdo pero mañan podría ser real, es un extracto de la divertidísima novela “Sakamura, Corrales y los muertos vivientes” de Pablo Tusset. Leídas en su contexto ficticio, las ocurrencias de
«Para mí un feto —de trece semanas— es un ser vivo, claro, pero no podemos hablar de ser humano porque no tiene ninguna base científica».
Y ahora explíqueme científicamente, señorita ministra, que vivo en un sinvivir con el tema éste de los seres vivos y sin embargo inhumanos: si lo que una mujer embarazada aloja en su matriz no es un ser humano, entonces ¿qué es? ¿El eslabón perdido en su último escalón? ¿Un bonobo en la recta final de la evolución? ¿Un parásito con piececitos, manitas, corazoncito y demás engañosa apariencia humana? ¿Un apéndice en plena mutación? ¿Un mutante sin mutar? ¿Un zombi a la inversa? ¿Un extraterrestre de
Y una curiosidad más, señorita Aído; usted, cuando flotaba plácidamente en el seno de su madre materna —esa señora que no interrumpió voluntariamente su embarazo, afortunadamente para usted y para ella; no tanto para los demás—, dígame, ¿qué clase de ser vivo e inhumano era entonces, señorita ministra? Y lo que es más importante, ¿qué clase de ser vivo e inhumano es usted ahora? ¿Ha evolucionado desde aquel entonces? Y en caso afirmativo, ¿hasta qué eslabón?
No sé si estará buscando una respuesta científica al estadio físico y mental de su presente condición humana. Me da igual, se la voy a dar de todas formas. Lo dijo precisamente un eminente científico, que no sé si le sonará a usted; se llamaba Einstein:
«Hay dos cosas que son infinitas: el Universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy seguro.»
Se la cedo gratis (tiene los derechos caducados, creo; si no, ya sabe: a pagar canon). Y la invito a compartirla con su compañera de partido, de condición benjamina y de enanez mental,
En fin. Si no estuvieran en juego miles de pequeñas e inocentes vidas humanas (¡sí, humanas!), la cosa sería para partirse de risa. Como en la novela de Tusset.
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