jueves, 5 de enero de 2012

Mediocracia vs. Meritocracia vs. Mierdocracia

Habemus nuevo Gobierno (¡aleluya!). Echando un primer vistazo al perfil –y al CV- de los nuevos ministros, parece que la cordura se ha impuesto, por fin, a la insensatez, que la razón prima nuevamente sobre el disparate y que la experiencia profesional, la responsabilidad y la capacidad de resolución vuelven a ser más valoradas que la juventud, el sexo y las relaciones político-afectivas. Han sido dos legislaturas de experimentos y excentricidades que han dejado a España casi comatosa. Confiamos en el nuevo equipo médico y en su diestra mano para salir con vida de ésta.

Consideraba Joseph Heller que algunos hombres nacen mediocres, otros consiguen la mediocridad y a otros la mediocridad les cae encima. Obviamente, el novelista estadounidense no llegó a conocer a Zapatero (falleció en 1999, afortunado él), pues habría tenido que añadir que los hay también que, además de nacer, adquirir o ser aplastados por ella, respiran mediocridad, emanan mediocridad, contagian mediocridad, se rodean de mediocridad. Y son capaces incluso, en el colmo de la paradoja, de llevar la mediocridad a sus más altas cotas, de alcanzar la absoluta excelencia en mediocridad.
“No te puedes imaginar la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar” le confesó en cierta ocasión el presidente Zapatero a su señora. “¿Me lo dices o me lo cuentas, José Luis?” podría haberle respondido Sonsoles, conociendo el percal. Con tal declaración de intenciones, lo que estaba estableciendo ZP eran los cimientos de una nueva forma de Gobierno, que no era precisamente la Sofocracia de Platón (el poder de los que saben, formados intelectualmente, con temperamento para gobernar y sin ambiciones) sino justo lo contrario, esto es, la Mediocracia de Zapatero.



Todo comenzó con el posado Vogue, entre pieles y sofás de diseño, a las puertas mismas del poder monclovita. Pretendida imagen de "un Gobierno moderno, contemporáneo, el primero con igual número de mujeres y hombres” que en realidad quedó como el retrato de la fijación del nuevo Gobierno por el feminismo radical y la paridad impuesta, no de mérito sino de cuota. Y eso que las ocho primeras ministras eran un Consejo de Sabias, con carrera y todo, comparadas con las que vinieron después. Lo mismo que los ministros.
Lo importante en este primer gabinete, sin embargo, no eran sus curriculums, sino su actitud ante el poder: básicamente de nuevos ricos y nuevas ricas. Las ministras no competían en logros y servicio al ciudadano, sino en despilfarros, caprichos, modelitos y groserías. Un botón de muestra: la ‘vice’ de la Vega recibía cada mañana un séquito de peluqueras y estilistas y una decena de modelitos a elegir el que mejor sentara a sus funciones del día; o, muy femenina ella, se gastaba 45.000 euros en "equipos automatizados para higiene de tazas WC y urinarios de diversas dependencias" de La Moncloa. Pero claro, como “el dinero público no es de nadie”, en palabras de Carmen Calvo, se lo podían gastar a puñados (de millones) en reformar sus residencias oficiales, viajar en business con amplio séquito o hacer millonarios favores a las amigas en formato subvención.
            Por ahí pasó también la inefable Magdalena Álvarez, Maleni para los amigos, que llevó la mediocridad a las más altas cotas de excelencia (“Tengo la cabeza que tengo, y las posibilidades que tengo” o “Hay determinadas cuestiones, que aun conociéndolas, no las conozco” o “antes partía que doblá” y demás perlas); y el pausado abogado –que no economista- Solbes y su nefasta gestión de la crisis ¿qué crisis?; o el simpar Jesús Caldera, ministro de Trabajo, y sus ideas de bombero después de prender el fuego de la inmigración con su “efecto llamada” (o llamarada); o el cazador Bermejo, rojocapitalista donde los haya.


“Si algo puede salir mal, saldrá mal” nos avisa la Ley de Murphy. “Si algo puede salir mal, saldrá peor” corrigió la Ley de Zapatero. En la segunda legislatura el Gobierno se superó a sí mismo en Mediocracia incorporando lustrosos fichajes como Karma Chacón, que era aún más pacifista que Bono y añadía los méritos de ser nacionalista, mujer y embarazada, que descoloca más (aunque, a pesar de su pasado pro Pepe Rubianes, con el tiempo logró gritar “¡Viva España!” en lugar de “¡me cago en la puta España!”). O como Sebastián en Industria, para poner el país a 110 por hora o regalarnos millones de bombillas ecológicas que se quedaron en las oficinas de Correos.
Pero, sobre todas y todos, llegó Bibiana Aído, la lozana Bibi, la dulce y flamenca Bibi. Y aunque su curriculum cabía en un post-it de los pequeños, llenó páginas y páginas con sus logros y sus obsesiones: el aborto libre y la paridad extrema. Llegó innovando el lenguaje con sus “miembros y miembras” y sus mujeres “inferiorizadas”; y fue superándose día a día con su teléfono para canalizar la agresividad masculina, sus comisarias de igualdad, su rescritura paritaria de los cuentos infantiles, sus guías para reconducir los juegos en el recreo o sus millonarias subvenciones a la causa feminista, tipo "Elaboración de un Mapa de Inervación y Excitación Sexual en Clítoris y Labios Menores". Y su mayor logro: la tramposa y mortal Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción del Embarazo, que convirtió un crimen en un derecho, permitido incluso a menores de edad sin consentimiento paterno.
            La cosa había alcanzado ya un nivel que se antojaba insuperable hasta que en 2009, crisis mediante, recibieron cartera dos pesos pesados de la mediocridad zapateril: nada menos que José Blanco y Leire Pajín. Pepiño, el de Primero de Derecho por la Uned, el de “yo me crezo ante las dificultades”, el creyente que no amaba a la Conferencia Episcopal, el que apostó por Obama pero no lo dijo “para no interferir en lo más mínimo en el proceso de eleción del Partido Demócrata”. Pepiño, el escudero fiel de Zapatero, el colocador de sus amigos (“el clan del percebe”), el Goebbels del Psoe, el preclaro estadista, el del Estado de Alarma en Barajas, el héroe que salvó cómodamente desde Ferraz a la delegación madrileña en Bombay mientras Esperanza Aguirre “huía con la careta de gesto heroico”, entre balas y cadáveres. Pepiño, el campeón de Fomento.

Pero si hemos de quedarnos con una imagen, una sola, de lo que han supuesto los sucesivos gobiernos de la Era Zapatero para España, es la imagen de Leire Pajín como ministra de Sanidad (¡!). Joven, ambiciosa y nada preparada (JANP); princesa de la demagogia, reina del feminismo. Desde aquel insuperable acontecimiento planetario (“amanece un tiempo nuevo para la paz…”), pasando por sus nociones avanzadas de Economía Paritaria ("Yo quiero que el poder sea más tía"), su concepto de sexo seguro (el aborto) o su exquisitez verbal (“La ministra puede nombrar a quien le salga de los cojones”) hasta sus maquinaciones familiares en Benidorm o su despropósito de Ley de Igualdad de Trato, Leire Pajín es el rostro, el espíritu y el alma de la Mediocracia, la más genuina representación de una Ezpaña que, gracias a Dios, ha llegado a su fin.

Ahora, con el nuevo Gobierno de profesionales capaces y experimentados (salvo excepciones), con un nuevo Fiscal General independiente y respetado, con nuevos Directores Generales de esperanzador perfil (salvo excepciones), andamos un poco más optimistas. Aunque empiecen por recortarnos hasta el alma, confiamos en que no sea por capricho ni por ignorancia, sino porque está la cosa muy malita, y el tratamiento ha de ser de choque. Estaremos atentos. Y esperemos que no metan la pata gestora, porque entonces, ya sí, entraremos directamente en la Mierdocracia.


1 comentario:

Ocón dijo...

El primer párrafo, que has puesto en cursiva, podría haberlo escrito yo hace unos días. Hace unos días.

Ahora más bien diría lo de la Mierdocracia.

Saludos. Alucinados saludos.