jueves, 3 de noviembre de 2011

Carta a Otegui de un exterrorista del IRA

Arnaldo (lo siento, no puedo considerarte "querido" ni "estimado"),

Tal vez yo no sea quién para decirte qué hacer o qué dejar de hacer en tu lucha armada y/o política; y probablemente no deba meterme en los asuntos de un pueblo que no es el mío (y cuyas historias nada tienen que ver entre sí; nada en absoluto); pero si de algo han de servir mi experiencia y mi lucha, primero como terrorista y luego contra el terror que yo mismo protagonicé, espero que sea para convencerte, a ti y a los tuyos, de que el único camino posible es el que yo seguí. El único, créeme.

Yo, como tú, fui un terrorista activo. A los 15 años entré en el IRA Provisional, cansado de convivir con tanquetas, barricadas y soldados británicos armados hasta los dientes (soldados, no policías; y de los más duros) en cada rincón de Free Derry; harto de sufrir el odio ancestral de los protestantes orangistas, de ver cómo agredían a nuestros niños, quemaban nuestras iglesias "papistas" o nos asesinaban en actos terroristas (sí, en el Ulster matábamos los dos bandos). Hemos sido un pueblo muy pobre, hambriento y humillado, desde siglos atrás (muy diferente al tuyo, siempre tan próspero y con un nivel de autonomía que a nosotros nos habría ahorrado muchos muertos ), y eso también marca, porque somos uno con nuestra historia. Mi vida se vio especialmente marcada el domingo 30 de enero de 1972, cuando me manifestaba por las calles de Free Derry, junto a otras 15.000 personas, a favor de los derechos civiles; vi al otro lado de las barricadas el regimiento de paracaidistas británicos que vigilaba que no traspasáramos la "frontera" de la zona protestante. Y vi también cómo empezaron a dispararnos indiscriminadamente y mataban a trece personas (seis de ellas de mi edad, 17 años) y herían de bala a otras treinta. ¿Tú has vivido una experiencia semejante, Arnaldo, con muertos a tiros; o en tu "guerra" el enemigo sólo lanza pelotas de goma?

Después de aquel Domingo Sangriento pensé "si me tienen que matar, que sea por algo importante, no por una protesta civil", así que me apunté voluntario a un sinfín de operaciones con explosivos y cartas bomba. No sé a cuántos ingleses maté; si es que maté alguno. Pero eso no importa, si el IRA mata y tú eres parte del IRA, cada muerte es tu responsabilidad. A los 18 años era el terrorista más buscado, y a los 20 fui detenido y condenado a 30 cadenas perpetuas. Mi primer día en prisión los guardias me sacaron de la celda a medianoche y me dieron una paliza: el IRA acababa de asesinar al padre de uno de los oficiales; fue la primera de muchas palizas; luego me negué a vestir el uniforme de una prisión inglesa, y estuve 14 meses en la celda de castigo (sí, allí los presos irlandeses no tienen privilegios, al contrario; muchos incluso han muerto en huelgas de hambre). Yo me creía fuerte, invencible, un auténtico guerrero de la libertad. Pero comencé a darle vueltas a todo: "Estamos destruyendo nuestro país, a familias enteras, provocando terror y dolor. ¿Qué sentido tiene?" Estaba orgulloso de haber atentado contra políticos y generales pero tenía dudas sobre el resto de mis víctimas. ¿Tú has llegado a sentir lo mismo alguna vez, Arnaldo?

Pedí consejo al sacerdote de la prisión (¡sí, somos católicos!) y me regaló una Biblia. Leí los Cuatro Evangelios de una sentada y empecé a pensar que todo era un error: la guerra, la violencia, las muertes. Comencé a escribir cartas a mis víctimas, multitud de cartas, y fui el primer terrorista del IRA que abogó por el cese de la violencia y la rendición. Los demás -mis compañeros y mis enemigos- pensaron que me había vuelto loco: ¿un terrorista irlandés pidiendo perdón? ¡Increíble! Tuve que luchar todo un año con el Gobierno británico y las autoridades de la prisión para que me permitieran enviar mis cartas y publicar mis llamamientos en la prensa. Empecé a buscar la verdad y a tomar conciencia de los derechos humanos (¿te suenan, Arnaldo?). Mi propia conciencia me condenaba por mis actos, después de una vida de violencia y terror. Llegué a la conclusión de que el terrorismo está en el interior de las personas, de cada uno de nosotros; y cada uno tenemos que reconocer nuestra culpa y pedir perdón desde dentro, desde nuestra conciencia, desde nuestro corazón.

Cumplí una dura condena de 14 años. Cuando salí, el 4 de septiembre de 1989, empecé a estudiar y escribí un libro, The Volunteer, sobre mis años en el IRA y pidiendo el fin de la lucha armada ("detén la guerra, la violencia es un error, pide perdón y entrégate"). No creo que lo hayas leído, Arnaldo, pero te lo recomiendo. Mis compañeros lo hicieron y poco a poco fueron tomando conciencia de que no hay libertad con violencia (¡libertad, qué bonita palabra!), hasta que finalmente dejamos la lucha armada y entregamos las armas, hace unos años. Hoy vivo en Dublín y trabajo ayudando a indigentes (te lo recomiendo también; es una gran lección) además de dar conferencias por todo el mundo contando mi historia.

Después de cinco años en el IRA y treinta pidiendo perdón, a mis víctimas y a mi país, aún no me he perdonado del todo; cada día siento la responsabilidad, la conciencia culpable de mi pasado. Pero mi experiencia puede hacer bien; por eso te escribo esta carta, a ti, a tu pueblo vasco y a todos los españoles. No te engañes, Arnaldo, tu victoria política hoy, si ETA no se disuelve definitivamente y deja las armas, sólo va a traer más amargura y dolor.

Sinceramente, yo creo que ningún gobierno debe negociar con terroristas, ni con el IRA ni con ETA. Cuando hayáis cambiado vuestra conciencia, vuestro corazón; cuando hayáis pedido perdón por la violencia y por las víctimas y destruyáis vuestras armas con testigos internacionales, entonces se podrá hablar del fin de ETA. No hay más terrorismo en España que el que hay en los corazones de los terroristas; las falsas ideologías (¡pero si habéis sido España desde hace siglos!) hacen que los jóvenes se conviertan en asesinos profesionales bajo el propósito de hacer un mundo mejor, pero la violencia siempre crea más injusticias que las que pretende curar. Los asesinos no son una parte de los políticos; sólo los que se arrepienten en conciencia y se dedican al servicio público, tal vez puedan llegar a serlo.

No sé qué intenciones te mueven a ti, Arnaldo. Si realmente promueves el fin del terrorismo o estás buscando poder para perpetuarlo. Yo sólo puedo decirte: escucha a tus víctimas, escucha su dolor, el daño irreparable que has ocasionado. Y, si aún te queda conciencia, pídeles perdón; entregad las armas y entregaos a la justicia. Éste es el único camino. Te lo dice alguien que encontró la salida.


Shane O´Doherty.






Nota: este artículo ha sido escrito a partir de una conferencia de Shane O´Doherty, a la que asistí hace unos meses, tomando sus palabras literalmente (salvo, obviamente, las que se refieren explícitamente a Arnaldo Otegui).



2 comentarios:

Ocón dijo...

Enlazado en mi lateral. Gracias. Muy bueno aprender del ejemplo ajeno. Muy bueno aprender, sea de lo que sea.

Saludos

el burladero dijo...

Myu buena la lecu¡ion de este arrepentido del IRA, a ver si aprenden estos terroristas que aun se siguen mofando de sus victimas.-
Saludos blogueros