martes, 1 de septiembre de 2009

La cabeza atrapada entre los barrotes y las bofetadas

El titular de “El Caso” rezaba así: «Quedó con la cabeza aprisionada entre las rejas de la ventana de su novia». Y continuaba, por ahondar un poco más en el drama: «El padre de ésta estuvo dándole de bofetadas hasta que le liberó un herrero».

Sucedió una noche de agosto de 1964, en un pueblecito del partido de Atienza (de cuyo nombre el cronista no quiso acordarse), cuando un joven campesino quiso cortejar a su enamorada a la vieja usanza y, probablemente dilatada por el fuego de la pasión de los enamorados, introdujo su cabeza entre los barrotes de la ventana, sin duda para susurrar a su novia bellas palabras de amor o besarla cariñosamente con la inocencia de la época. Pero, ay, cuando el mozo trató de sacar su cabeza, los barrotes se cerraron sobre su cuello dejándolo prisionero y bastante más que acongojado. Probó torciendo la cabeza, poniéndose de puntillas y agachándose, pero nada; enjabonaron las orejas, apalancaron los barrotes con una barra… nada de nada. En eso, pasaron unos quintos de ronda nocturna y, tras los lógicos chistes, burlas y carcajadas, se apresuraron a prestar auxilio a la angustiada pareja. Intentaron separar los despiadados barrotes con la reja de un arado, pero sin éxito. Acudieron entonces a despertar al herrero del pueblo, que llevaba ya horas de sueño reparador, mientras los demás continuaron con los forcejeos para liberar al prisionero. Y en ésas estaban cuando, debido al ruido que siguió al sigilo de los primeros momentos, el padre de la desafortunada cortejada se despertó y bajó las escaleras apresuradamente para darse de bruces con el aprisionado galán. El hombre reaccionó violentamente y comenzó a darle de bofetadas al frustrado aspirante a yerno suyo, que tan sólo podía gritar su dolor y su vergüenza. Por fortuna, el herrero logró finalmente liberar al joven Romeo, no sólo del cepo del barrote vil, sino también de los bofetones del indignadísimo padre de su Julieta. Suponemos que el infortunado galanteador tuvo el suficiente sentido común como para no volver a cortejar a ninguna muchacha que viviera tras unas ventanas enrejadas.

Este divertido suceso, real como la vida misma, me recuerda la tristísima situación, real como la vida misma, que estamos sufriendo en esta Ezpaña zapateril que nos ha tocado padecer, y que hace año y medio nos empeñamos en repetir. Mister Paz nos ha metido la cabeza entre los crueles barrotes de la crisis económica, con la engañosa promesa de que vamos a besar apasionadamente la prosperidad, el pleno empleo, la champion league, la felicidad social y demás zarandajas, y ahora nos vemos cruelmente prisioneros, atrapados sin remedio y sin posibilidad de escape ni de rescate, mientras la crisis nos da de bofetadas con saña y hasta con satisfacción. Por gilipollas. Y encima repetimos. Y lo peor de todo, es que esta vez no parece que haya un herrero capaz de serrar los barrotes y liberar de la angustia, la desesperación y la vergüenza a millones de españoles que han metido su cabeza en la trampa mortal, seducidos por el iluminado de su presidente.

Pero claro, ¿qué se puede esperar de un estadista que no ve más allá del día de hoy, a la hora de cenar (con su señora y sus niñas), que tiene como único plan la más absoluta improvisación y cuya miope visión futuro se reduce a las próximas elecciones? ¿Qué se le puede pedir a una cabeza que vive atrapada en sí misma, entre los barrotes de su propia incapacidad, de su propia necedad, de su propio vacío mental? ¿Qué se le puede pedir a un cerebro de arenas movedizas que se hunde —que nos hunde— un poco más cada vez que abre la boca para soltar una nueva mamarrachada? Impuesto sí, impuesto no, impuesto sí pero no, este impuesto puede, éste ni de coña, a éste sólo un poquito y éste, que es el fetén, se lo cobramos a los ricos. Y todo esto nos sale por… ¡420 euros! Un chollo, oiga. Joder, lo que se aprende en dos tardes de economía. ¿Y este mismo estadista no fue el que afirmó, en plan frase para el mármol, que «subir impuestos es de derechas»? Pues eso. Y su Ministro del paro, un tal Corbacho, que dice que no tiene medios para sacarnos de la pobreza, o sea, de liberar nuestras cabezas de los barrotes mientras nos parten la cara con verdadero sadismo, cuatro millones y medio de bofetadas que nadie, al parecer, es capaz de detener.

Y yo me pregunto: ¿si finalmente logramos sacar la cabeza, dentro de un par de años o así, seremos tan necios, tan inconscientes, tan gilipollas como para volver a meterla entre los mismos barrotes en las próximas elecciones? Voto a que sí. Y me doy miedo.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Pudiera ser.
Hay quien no escarmienta ni a base de tortas.
Un salu2
Luisa