lunes, 7 de julio de 2008

Sobre el orgullo y el Orgullo

¡Zerolo vive! ¡Lo sabía, lo sabía! ¡No podía haber desaparecido así por las buenas! ¡¡Aleluyaaa!! El tío (oloquesea) más ubicuo y omnipresente de la política española; ése (ésa oloquesea) que salía en todas (¡todas!) las fotos oficiales y oficiosas daba igual la compañía, el tema o la reivindicación (socialismo, lesbianismo, palestinismo, pacifismo, feminismo, antitaurinismo, laicismo o cualquier otro ismo); el personaje (o personaja) más fotogénico y marketiniano del cada día más fotogénico y marketiniano Psoe, sí, sí, Zerolo el único, el inimitable, el inconmensurable, Zerolo el bello, Zerolo el Magnífico... ¡HA VUELTO! No sabemos dónde ni con quién ha estado (suponemos que dándole al orgasmo democrático con su marido oloquesea), pero ya está con nosotros y con nosotras. Y estamos todos y todas tan contentos y contentas que sus amigos y amigas le han organizado una fiesta. ¡Y vaya fiesta! Un fiestón, vamos. Todo un carnaval para él solito, con carrozas, disfraces, música, sexo, alegría por un tubo y más de un millón de amigos (¡chúpate esa Roberto Carlos!). Un merecidísimo homenaje a tan insigne personaje (o personaja) y una alegría para nuestros ojos. Volver a ver esos bucles perfectos coronando esa sonrisa perfecta sobre ese cuerpo (suponemos) perfecto, de verdad, no tiene precio.

Allí estaban todos y todas rodeando a mi Zerolo, algunas miembras como la Bibi Aído y un montón de miembros como Cándido Méndez, Pepiño, Llamazares (más bien membrete) y alguno más, por delante y por detrás (perdón por el chiste fácil, pero es que sólo se ven tíos oloquesea tras la pancarta; cosa que, bajo el lema “la visibilidad lésbica” queda cuando menos un poco paradójico). En fin, que a Zerolo se le veía feliz y más fresco que nunca con su abanico arco-iris cortejando maromos, que a la ministra se la veía muy a gustito rodeada de tantos miembros y que el más de un millón de amigos, amigas y oloquesean se lo pasaron de rechupete entre visibilidades lésbicas, cuerpazos gays y orgasmos democráticos. Una fiesta de la que, con toda la razón, Zerolo se tenía que sentir orgullosísimo. ¡A ver quién la supera el día de su cumple! (si es que este chico cumple años).

Yo, que no estuve en la fiesta, no sentí el orgullo de Zerolo. Ni por él ni por todos sus compañeros/as, aunque fueran un millón, o una millona que diría la otra. ¡Qué le vamos a hacer! Soy así de rarito (antes, ser rarito era lo contrario; es lo que tiene la progresía). Pero este fin de semana sí he tenido mi ración de orgullo. Me sentí orgulloso del gran Rafa Nadal, de esa bestia del tenis que ayer logró el mayor triunfo de su carrera. Me sentí orgulloso de su hazaña épica —y casi trágica— en la hierba de Wimbledon; de su fuerza, de su tesón, de su entrega, de su profesionalidad, de su espíritu de sacrificio, lucha y superación, de su deportividad y de su sentido de la amistad; me sentí orgulloso de su llanto emocionado, de su informalísimo abrazo al Príncipe, bandera española en mano, para “agradecerle como español su apoyo”. Y yo, que soy así de raro, me sentí orgulloso como español y como persona, porque Nadal representa muchos de esos valores que nos quieren hacer olvidar (esfuerzo, deportividad, agradecimiento, sano patriotismo) en esta Ezpaña cada día más perdida en orgullos, talk shows, buenismos tontos, famas fáciles, todo vale, etc. en la que nos están intentando sumergir Z, Zerolo, Pepiño y demás colegas. Así que, ¡gracias Nadal! Ojalá tu ejemplo tenga más fuerza que el de Zerolo. Y ojalá nos hagas sentir orgullosos muchas veces más.

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